Comentario diario

Aprender a amar al Señor como la Magdalena

Entrados ya en la Semana Santa, el Evangelio nos sitúa hoy en Betania, donde la Magdalena unge los pies del Señor, derramando sobre Él lo que de más valor ella tenía: un perfume que, como algunas tradiciones dicen, compró tras vender una propiedad suya en Magdala.
Santa María Magdalena es, sin duda, uno de los mayores ejemplos de vida atravesada por la gracia de Dios de la historia de la humanidad. Ella, de la que el Señor expulsó siete demonios (muchos padres de la Iglesia han referido que estaba infectada de todos y cada uno de los siete pecados capitales y que de esto la liberó el Señor), se dejó modelar por Dios y acabó siendo, nada más ni nada menos, que la apóstol de los apóstoles el día de la Resurrección. Y esto por dejar que el Señor trazara las vías de su vida y decidirse a venderlo todo, dejando atrás el pecado, y seguirle sin condiciones.
Como todo, no fue un proceso fácil. ¡Incluso dice Catalina de Emmerich (a la que no es dogma de fe creer, ojo) en sus visiones sobre la Pasión que el Señor que llegó al momento de la Cruz enamorada carnalmente de Jesús y que, por ese motivo, Éste la mantuvo un poco alejada en su hora! En cualquier caso, para nosotros es un ejemplo de constancia de amor, de cambio de vida y de poner a Cristo en el eje de la misma. Ama al Señor tal y como el Señor se le entrega. No le retiene aunque más quisiera ella porque Jesús le dice que no lo haga. Ella es obediente, sabe que la palabra del Maestro es absolutamente verdadera, que la quiere como mejor se puede querer a alguien y lo acepta, aunque eso también le pudiera suponer un pequeño desgarro afectivo añadido. Es la entrega lograda sin reservas que esta unción sobre el cuerpo del Señor prefigura.
Por esto, por la historia global que los evangelios nos han revelado de María, podemos esperar que el Señor pueda hacer lo mismo con nosotros si lo necesitáramos. En cualquier caso, lo que seguro podemos hacer hoy es repasar cómo de entregados estamos a Él, si le entregamos lo mejor que tenemos (que es nuestra vida). Y esto concretarlo en pequeños detalles de amor con los que nos rodean. ¡Derramemos el perfume de la caridad también estos días en aquellos que están con nosotros y que el Señor ha puesto en nuestras vidas! Lo que les hacemos, a Él se lo hacemos, no lo olvidemos nunca (Mt 25, 40). Por contra, también hay que ver cómo andan de cerca esos siete demonios que el Señor expulsó del corazón de su discípula, los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Como bien sabrás, no son hechos pecaminosos en sí mismos, sino que son esas actitudes maléficas que salen de nuestro corazón, que están en el origen, en la cabeza (de caput-capitis, en latín) de los pecados, y que nos llevan a cometer esas faltas de amor, bien sean de obra, pensamiento, palabra u omisión. Repasa cómo está tu alma y pide al Señor que arrebate aquello que más te aleje de Él, sea la soberbia, la envidia, la ira, etc.
Prepara tu corazón para la Última Cena, para Getsemaní, para el Calvario, para el sábado santo y, sobre todo, para descubrirle resucitado, para escucharle a Él que nos llama por nuestro nombre como hizo con María.