Comentario diario

¡Señor mío y Dios mío!

El mismo día de la resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos reunidos en el cenáculo. Sin embargo, san Juan anota un detalle aparentemente secundario: «Tomás… no estaba con ellos». No explica el motivo de su ausencia. Quizá necesitaba estar solo; quizá el dolor por la muerte del Maestro lo había llevado a aislarse. Lo cierto es que, precisamente porque no estaba con la comunidad, tampoco pudo encontrarse con el Resucitado.

No deja de ser una discreta enseñanza para nuestra vida cristiana. La fe nunca es un camino exclusivamente individual. El Señor ha querido encontrarnos ordinariamente en la Iglesia, en la comunidad de los discípulos, allí donde su Palabra es proclamada y los sacramentos son celebrados. Cuando nos alejamos de esa comunión, no solo perdemos el apoyo de los hermanos; también corremos el riesgo de dejar de reconocer la presencia del Señor.

Los demás apóstoles anuncian a Tomás la noticia más grande que jamás habían pronunciado: «Hemos visto al Señor». Es el primer anuncio pascual. Pero Tomás no puede aceptar únicamente el testimonio de otros. «Si no veo… no lo creo».

A menudo estas palabras se interpretan como un signo de dureza o de incredulidad. Sin embargo, quizá revelen también algo más profundo. Tomás había amado sinceramente a Jesús. Había apostado su vida por Él y había visto cómo todo parecía derrumbarse en la cruz. No está dispuesto a alimentar una ilusión. Si ha de creer, quiere encontrarse realmente con el Señor vivo.

Jesús no desprecia esa búsqueda. Espera ocho días. No porque quiera hacer sufrir a Tomás, sino porque también la espera forma parte del camino de la fe. Hay preguntas que no reciben una respuesta inmediata. Dios conoce los tiempos en los que el corazón está preparado para acoger sus dones.

Cuando finalmente llega, Jesús repite el mismo saludo dirigido anteriormente a los discípulos: «Paz a vosotros». El Resucitado no entra reprochando la incredulidad de Tomás. Su primera palabra sigue siendo la paz. Solo después se dirige personalmente a él.

Resulta conmovedor comprobar que Jesús conoce exactamente las condiciones que Tomás había puesto para creer. Nadie se las había repetido. El Señor había escuchado incluso aquellas palabras pronunciadas en medio de la decepción. Así sucede también con nosotros. Ninguna duda, ninguna pregunta, ninguna herida queda fuera de su mirada.

«Trae tu dedo… trae tu mano… y no seas incrédulo, sino creyente.»

Jesús no humilla a Tomás. Tampoco lo confirma en su desconfianza. Lo invita a dar el paso decisivo: abandonar la necesidad de controlar y dejar espacio a la confianza. La fe no consiste en poseer todas las respuestas, sino en entregarse a una Persona.

El Evangelio ni siquiera dice que Tomás llegara a tocar las llagas. San Juan parece conducir nuestra atención hacia algo mucho más importante. Ante la presencia del Resucitado, ya no hacen falta pruebas. Basta el encuentro.

Entonces brota una de las confesiones de fe más altas de todo el Nuevo Testamento: «¡Señor mío y Dios mío!».

No dice simplemente «el Señor» o «nuestro Señor». Dice «mi Señor». La fe alcanza aquí un tono profundamente personal. Después de la Pascua ya no basta con conocer verdades acerca de Cristo. El discípulo está llamado a reconocerlo como el Señor de su propia existencia.

Jesús concluye con unas palabras dirigidas también a nosotros: «Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Estas palabras no son un reproche a Tomás, sino una promesa para las generaciones futuras. Nosotros no hemos visto al Resucitado con los ojos del cuerpo como lo vieron los apóstoles. Sin embargo, no por eso nuestra fe es menos verdadera. Cristo sigue haciéndose presente en su Palabra, en la Eucaristía, en la vida de la Iglesia y en la acción silenciosa de su Espíritu. También hoy continúa ofreciendo motivos suficientes para creer, aunque no suprima el misterio.

Quizá todos llevamos dentro algo de Tomás. También nosotros desearíamos a veces evidencias incontestables, respuestas inmediatas, seguridades que eliminaran cualquier incertidumbre. Pero el Señor suele conducirnos por un camino distinto. No elimina completamente la oscuridad; la ilumina con su presencia. No nos pide una confianza ciega, sino una fe nacida del encuentro con Él.

La tradición cristiana ha conservado con cariño la memoria del apóstol Tomás porque su historia termina donde toda vida creyente está llamada a terminar: en la adoración. Aquel hombre que había pedido tocar las llagas acaba pronunciando una oración que la Iglesia no ha dejado de repetir durante siglos. Cada vez que contemplamos la Eucaristía o nos ponemos en oración ante Cristo, también nosotros podemos hacer nuestras sus palabras: «¡Señor mío y Dios mío!». Tal vez no encontremos respuesta inmediata a todas nuestras preguntas, pero descubriremos que la presencia del Resucitado basta para sostener la fe y llenar de paz el corazón.